Vuelo en avión ultraligero: Vamos a dar una vuelta al cielo

Por Por Arturo J. Flores | Fotografías Miguel A. Manrique

Martes 30 de Junio de 2009

Despegar del suelo es una experiencia aterradora para muchos, pero una vez que el aire te pega en la cara, entiendes que no existe sensación más pura de libertad.



Si por Marcou fuera, pasaría más tiempo en el aire que en la tierra. Nos lo deja muy claro desde que llegamos a su casa, que es también la sede de Aero Dynamic, su empresa, en la que se dedica a ofrecer paseos en aviones ultraligeros sobre la laguna de Tequesquitengo.
“A veces hace falta deshacerse de todo el miasma que hay en el mundo”, dice mientras revisa los cinturones de seguridad de su artefacto.
Para este francés, que desde hace más de dos décadas radica en México, mantenerse alejado del bullicio y las concentraciones de gente representa una necesidad primaria. Por eso alrededor de su casa-negocio no existe el gris al que nosotros, los citadinos, estamos acostumbrados. Aquí, en estos lienzos naturales, las pinceladas se dan únicamente en diferentes tonos de azul y verde.
“¿Tienes miedo?”, pregunta Marcou Jackel.
Desde hace un par de semanas, cuando al fotógrafo y a mí se nos hizo la invitación para realizar el vuelo en avión ultraligero, esa misma interrogante debe haber sido formulada cuando menos 50 veces.
Y la respuesta en todos los casos  fue sí, me da miedo.
Antes de hoy, subirme a la Torre Latino ya representaba una experiencia extrema. Para una persona que le teme a las alturas, desprenderse aunque sea unos centímetros del suelo significa una experiencia aterradora.
Una de las chicas de la agencia de relaciones públicas que nos acompaña confiesa que comparte la fobia.
“Yo te lo quito en diez minutos”, ataja Marcou, “te voy a cobrar menos que cualquier psicólogo y te vas a divertir mucho”.
La experiencia no parece la gran cosa. Elevarte a más de 500 metros de altura en una especia de motocicleta con alas que después planeará suavemente hasta devolverte al suelo. En los promocionales aparecen imágenes de niños trepados en el mismo ultraligero que reposa delante de nosotros.
Uno de ellos es el hijo de Marcou, el de enmedio, porque tiene tres y todos han experimentado la sensación de volar. Claro, este Ícaro moderno  no se iba a quedar con las ganas de educar a sus vástagos en su ambiente natural, el aire. Incluso subió a su esposa embarazada.
“El chamaco no llegaba”, dice el europeo que ya se expresa como todo un mexicano, “y lo íbamos a recibir por cesárea, pero un día subí a mi esposa al ultraligero y al día siguiente lo tuvo, por parto natural”.

¿Cosquillas
en el estómago?
“Pues yo tenía unos amigos gringos que siempre compraban la Playboy”, me cuenta Marcou mientras el altímetro del ultraligero marca los 350 metros. “Traían varias en la cajuela y cuando un policía los paraba por ir muy rápido en el coche, le regalaban una revista y asunto arreglado”.
En un momento de la plática, suelta el manubrio que permite controlar las alas y se cruza de brazos.
Mi estómago, que ya se había acostumbrado a la situación, se contrae sobre sí mismo, pero el operador lo adivina de inmediato y me explica: “el avión es muy noble, casi se maneja solito, no pasa nada”.
El vuelo en sí no supera los 15 minutos desde que despega, alcanza su altura máxima y desciende con suavidad para permitir que uno aprecie la belleza de la laguna. Sin embargo, en las alturas el tiempo transcurre de forma distinta. La vida es diferente, por eso a Marcu le gusta tanto volar. Es como si los problemas, el artículo a medio terminar, la junta de último momento, la fotografía mal tomada y la entrevista no concedida se hubieran quedado allá abajo, lejos, donde no pueden hacer daño. Aquí no hay estrés, sólo existe ese aire caliente que te pega en la cara como debió golpearle a Ícaro cuando se acercó tanto al Sol que sus alas se quemaron. El sol aquí está muy lejos, pero sí contamos con otro personaje a quien le gusta jugarnos bromas.
Ocasionalmente, el fotógrafo, que ha abordado un segundo ultraligero, pasa cerca de nosotros para disparar su cámara. También moría de miedo, pero ahora parece divertirse tanto como el que escribe. Dan ganas de tararear una canción de los desaparecidos Caifanes: “Vamos a dar una vuelta al cielo, para ver lo que es eterno”.
En segundos, nuestro avión se agita y está a punto de dar una voltereta, similar a cuando el auto pisa un bache.
“Fue una turbulencia, no pasa nada”, dice Marcus, que pilotea delante de mí. “No querer volar es una tontería, porque la mayoría de la gente que tiene miedo ni siquiera sabe a lo que le tiene miedo”.
Puede que tenga razón, porque aquí, en este sitio donde no hay lugar para poner los pies ni otro sonido que no sea el del motor a mis espaldas, la libertad alcanza su acepción más real.
En eso, el avión se perfila hacia abajo y hace un “caballito”.
“¿Cosquillas en el estómago?”, ríe mi compañero, maliciosamente.
Eso es a lo que uno le tiene miedo. Se olvida que a muchos metros de altura, también se puede jugar. Por eso a los niños no les da miedo.

Cuídate de la carretera
Marcou y Hans Kohlinger, éste último holandés de nacimiento y quien se encargó de pasear al fotógrafo de Playboy, acumulan cada uno 10 millones de vuelos en ultraligero.
“Claro que he tenido accidentes”,  reconoce el francés, “pero siempre ha sido por pasado de rosca, como dicen ustedes, por intentar hacer cosas que no se deben hacer”.
Y desde que llegamos a las instalaciones de Aerodynamic de México es la primera vez que advierto que, en efecto, Marcou tiene cicatrices en el rostro.
A estas alturas, valga la expresión, todos los que hemos venido, menos una de las chicas de la agencia de relaciones públicas, nos hemos subido al ultraligero y experimentado la sensación de volar.
“Es como hacer el amor”, define Marcou, “sientes nervios la primera vez, pero después te gusta”.
Y vaya que hoy ha iniciado a varios.
“¡Guau! Y lo hice por primera vez con un francés”, dice la publirrelacionista que se atrevió a remontar el cielo.
La quietud que se respira en este lugar contrasta completamente con la adrenalina que ha estado presente en la vida de su dueño. La historia de Marcou bien podría ser llevada al cine. Alrededor de sus 20 se puso de acuerdo con dos amigos, un hombre y una mujer, para hacer un viaje ya fuera a África o a un país latinoamericano. Eso los trajo a México. Originalmente él quería ser locutor de radio, pero empezó a trabajar como mesero en un restaurante francés. La suerte hizo que conociera al propietario de diez aviones ultraligeros y él, después de ayudarle a vender nueve de los artefactos, le pidió que le diera el último como pago. Así empezó todo. Al amigo nunca lo volvió a ver, desapareció en Chiapas. Con la amiga tiene un poco de contacto, pero Marcou es feliz escapando de vez en cuando de, como él lo dijo al principio, “la miasma del mundo”.
Una vez subidos en la camioneta que nos ha de traer de regreso al DF, el francés nos dice: “Tengan cuidado con la carretera, a mí me da más miedo subirme a un auto que a un avión”.

COMENTARIOS
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elchangoaladino dice: 10 Julio 2009 @ 6:22 pm
La vida es muy corta como para no disfrutar este tipo de eventos.
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betomixxx dice: 15 Julio 2009 @ 10:32 pm
Será muy bonito admirar el cielo desde un avión ultraligero, pero practiquenlo con profesionales, yo desde un primer intento que se nos cebo y me dio un buen guamazo....decidí no subirme ni de chiste. Así que solo con profesionales
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