CRÓNICA GODÍNEZ: VISITA AL PAÍS DE LAS LESBIANAS

“¿Cómo distingues a una chica gay de una buga?”, le pregunté a Adriana. No podía despegar la mirada de la rubia que se sacudía a la mitad de la pista de baile. Tampoco conseguía tocar la boca de la cerveza. Le gritaba igual que a un micrófono, para hacerme escuchar por encima de aquel bodoque sonoro de canciones de Lady Gaga, Madonna y Ke$ha.

Por Arturo J. Flores  (ArturoElEditor)

Adriana se acabó lo que quedaba de su Victoria y respondió: “Estoy convencida que uno mira lo que le atrae. Si te le quedas viendo a las nalgas a una chica, es porque te gustan las chicas… lo mismo pasa entre nosotras”.

Hasta antes de esa tarde, conocía el mundo gay masculino porque a algunos de mis amigos hombres los distingue esa inclinación sexual; pero yo, como buga (y educado con porno filmado desde la perspectiva del macho cabrío y medio cabrón), siempre me sentí atraído por el universo lésbico.

Por eso, le pedí a Adriana que me permitiera acompañarla a un bar de chicas homosexuales, en donde un pene como el que llevo entre las piernas se reduce a un inútil pedazo de carne.

De ella aprendí, por ejemplo, que las lesbianas se dividen en Traileras y Fems. Las primeras son aquellas con apariencia y actitudes masculinas y las segundas se caracterizan por verse y comportarse en extremo femeninas. La mayoría de los varones fantaseamos con Fems acariciando a otras Fems aunque también hay sus excepciones. Tengo un amigo buga que durante meses suspiró por una trailera, que podía haberle aplicado una llave de lucha libre en la cama.

Esa tarde en el Lolipop (ése era el nombre del barecillo con las paredes pintadas de rosa), descubrí por ejemplo, que incluso algunas lesbianas como mi amiga (que tiene cuerpo de Fem pero actitudes de Trailera) también llegan a espetar frases como: “De plano tuve que apagar mi teléfono porque aquella no me deja en paz. Ya ves cómo son las mujeres”. Dijo eso último como si ella no perteneciera a la tribu.

¿Y total? ¿Era buga o lesbiana la rubia que delante de nosotros se cotoneaba en la pista al sonoro rugir del dubstep? -Creo que es buga –me dijo mi guía en aquel universo donde el estrógeno desplazaba al hidrógeno en la composición del aire– porque trae a su novio. Pero definitivamente tiene ganas de probar. Se le nota. ¿Adónde se habían despeñado hasta entonces las miradas de Adriana?

A un área de la chica de cabello dorados delimitada por la casi inexistente falda de cuero negro que llevaba encima. El mismo sitio donde estaban las mías. Por los ojos muerde el pez.

–Qué buenas nalgas –grité por encime de Lady Gaga.

–Me cae que sí me la daba.

Y chocamos nuestros envases.

Conversaciones como ésta las he tenido junto a otros machines, pero nunca con una mujer a la que, debo reconocerlo, también le había mirado el trasero. Mi expedición al país de las chicas gay me despejó muchas de las dudas que tenía.

–¿Quién paga cuando están saliendo, la Trailera o la Fem?

–La que haya invitado a salir a la otra.

–¿Quién le carga la bolsa a la otra?

–La que traiga la menos pesada.

Cuando salimos a la calle, decidí que borraría muchas de mis porno de la computadora. Ya sabía yo que me contaban mentiras, que la mayoría de las MHM o MM son producidas para excitar a los cavernícolas como yo, pero no en estricto apego a la realidad.

–¿Con cuántas te has acostado? –le pregunté a Diana.

–Mañana te cuento en la oficina.

O tal vez sí.