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lunes, 29 de mayo de 2017

PEDALEAR EN LA LAGUNA DE SAL

NO ES LO MISMO SER UN CICLISTA DE CIUDAD, QUE TAN DE MODA ESTÁ, QUE ATRAVESAR EL DESIERTO EN BICICLETA, BAJO EL RAYO DEL SOL Y CON UNA CAMIONETA DETRÁS CUYA ÚNICA FUNCIÓN ES LEVANTAR A QUIENES CAIGAN PRESAS DEL CANSANCIO.

POR VIKO LUKÁNIKO

Cruzar el desierto en bicicleta suena a una experiencia kamikaze. Todo parece estar en contra: terreno, clima, autoestima. No obstante, existen deportistas con los ánimos para empujar los límites al extremo. Bicicletas profesionales, cuerpos entrenados y una mente temeraria fueron los aspectos requeridos para vencer la aridez del desierto bajacaliforniano hasta alcanzar el venerado premio entre la nada: el oasis del Cañón de Guadalupe.

Ni siquiera el Sol se atreve a salir tan temprano. Tiene sus horarios, como todos. Lo que para unos son los últimos minutos de sueño, para los ciclistas significa el último instante para ajustar detalles: revisar las llantas, la cadena. Casco, guantes y gafas polarizadas listas. Tener la certeza de que el asiento se mantendrá firme, de que las piernas podrán funcionar sin falla sobre el pedal.

El llamado de Aldo Gutiérrez, mente responsable de Adixion Tour, y Chava Leyva, tiene un eco inmediato en los ciclistas más intensos de la región. Desde las 6:00 am inicia la llegada de los automóviles con placas de Mexicali, Tijuana, Tecate, San Luis Río Colorado y Holtville. Cada ciudad ofrece sus mejores elementos para este tipo de acontecimientos que requieren individuos con temple de acero.

Hombres, mujeres. Barbones y panzones. En equipo y llaneros solitarios. Desde los treinta hasta los cincuenta. Cierran el zipper del uniforme. Otro ajusta el nudo de su calzado sobre una prótesis metálica. Concentrados, calientan su cuerpo. Se siente el frío del desierto, penetrante hasta los huesos. Lo que uno tiene que conocer de este agreste ecosistema es su rápido cambio de temperatura. Con la oscuridad imita los congeladores polares; una vez que llega el astro rey, el escenario tiende más al teatro en el averno.

Por suerte, la temporada correctamente definida por los organizadores promete un Sol relativamente benigno con una temperatura promedio de 25 grados Celsius. Se esperan vientos en el transcurso del recorrido. Los menos optimistas hablan de posibles lluvias.

Don Beto, un cincuentero cachanilla, me ofrece su bicicleta profesional para vivir la experiencia. Si bien no puedo presumir una vida dedicada al deporte, la necesidad y la falta de vehículo motorizado en la Ciudad de México me obligan a ser un caminante tenaz. Tengo las piernas, pensé ingenuamente.

Kamikazes a la zona del silencio
Justo a las siete y media de la mañana, Aldo da el banderazo de inicio. Cada quien arranca y avanza en equipo, con su pareja o en solitario. La primera etapa (50 km) se lleva a cabo dentro de la Laguna Salada, un vaso donde sólo queda la costra seca y salada de antiguos tiempos. Es una zona donde sólo los aventureros se internan en sus autos modificados, monstruos automotrices. Lamentablemente el verano ha sido la última temporada de incautos que no logran salir con vida. Al desierto se le respeta.

Mis primeras pedaleadas me llevan dentro. Estoy tranquilo, hasta 21 asistentes acompañan al contingente en camionetas y pick-ups 4×4. Detrás del contingente avanza “la barredora”, una camioneta cuya única misión es levantar a los heridos y a los desertores.

Durante el trayecto, los profesionales se separan de la chusma. Equipos entrenados avanzan como como un organismo; sincronizan su ritmo de pedaleo y mantienen una velocidad constante. Los desperdigados como yo, se unen a grupos y se rezagan al minuto siguiente.

Al kilómetro 15, uno alcanza el primer punto de hidratación. Sueros, naranjas, plátanos y un momento de respiro, ayudan de motivador. Es un momento donde el Sol ya saluda como cada mañana, con todo su esplendor. Sientes su calor abrazante, y el silencio comienza a ser el sonido dominante del lugar. Mucho de la carrera es una competencia mental. Ese vacío de objetos y sonidos puede volverse fácilmente en tu contra. Tu escenario es la nada, y por ese mundo avanzas con la única esperanza de que llegarás al siguiente punto de hidratación a 15 kilómetros de distancia.

En el desierto recordé mi nombre
Después de 30 kilómetros y una hora y media sometida al Sol, comencé a resentir los estragos del cansancio. No tenía mis piernas adoloridas, tanta luz me tenía aturdido, y lo cierto es que mi velocidad no iba en aumento. No pensaba ya en nada, funcionaba como un robot extraviado en el desierto. Fue entonces cuando reconocí mi debilidad. Perfecto. En ese momento preferí ceder y avanzar como copiloto en la barredora: fui el primer desertor.

Una vez que culmina la parte de la Laguna Salada, los ciclistas inician una etapa de ascenso por una ligera pendiente de grava suelta. Si bien la flora aumenta su presencia, el terreno se vuelve traicionero; es un lugar donde se invierte mucha fuerza y se avanza lentamente, por ende, el desgaste es mucho mayor. Lo puedes constatar en las caras. Miradas concentradas en un punto infinito. Coloradas y sudorosas. Al terreno se suma la presión psicológica golpeándote la nuca. “Justo aquí es donde muchos ciclistas ceden”, me confirma Chava mientras avanzamos en un Jeep 4×4.

Tal cual lo confirma el organizador, caen dos, caen tres. El resto continúa su paso marcial entre los olivares secos, un viejo proyecto que buscaba convertir la zona en productor de aceite de oliva. Superada la etapa, el resto es tierra firme hasta el oasis del Cañón de Guadalupe. La arena cede la batuta a enormes piedras que sirven como falda de la Sierra de Baja California. Enormes y calizos, mezquites, ocotillos y biznagas se esconden expectantes ante el espectáculo de los exploradores en dos llantas.

De pronto, lo inimaginado. Detrás de la colina se levanta un palmar a lo lejos: el Cañón de Guadalupe. Es ante este impacto que los ciclistas comienzan a gastar sus últimos gramos de energía. La fatiga les aprieta las piernas, les sofoca los pulmones. Sin embargo, llegaron lo suficiente lejos como para ceder, y con esa idea continúan, sin parar, como ejército troyano.

Nunca sabes cuándo serán los últimos segundos, nunca esperas que to- do termine. Pero termina. Y entonces escuchas el correr del arroyo, y cuando los verdes palmares te invitan a la sombra, sabes que lograste tu cometido, alcanzaste tu fin: entrar al club privado de legionarios de la bicicleta que cruzó el desierto hasta el oasis del Cañón de Guadalupe.