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viernes, 22 de septiembre de 2017

CRÓNICA GODÍNEZ: DIRTY TALK EN EL METROBÚS

Y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo.

El señor Cáncer, El señor Pendejo,

Jaime Sabines

Puto, el que no brinque,

El que no salte

Molotov

Por Arturo J. Flores (@ArturoElEditor)

-Está cabrón. Fíjate que el muy puto de mi hermano quiere renunciar a su chamba que porque lo traen en chinga. Que no mame, al rato lo quiero ver de pinche huevón y viendo a quién se hace pendejo.

Hablaba con la desfachatez y soltura de quien declama un soneto de Neruda en mitad de un encuentro de poesía. La voz no le temblaba, ni bajó la mirada en momento alguno. Vociferaba a tan buen volumen, pronunciando cada grosería con la entonación perfecta, que acalló el resto de las conversaciones que tenían lugar en el Metrobús.

-Híjole, güey, ya ni estudié para el chingado examen de matemáticas, se me hace que la maestra me va coger con un palo de escoba.

Obligados por la proximidad de un camión atestado de apresurados, resultaba imposible ignorarla. Lo mismo para la viejita que observaba a la muchacha con cara de “una señorita no se expresa de esa manera” hasta la de la madre que alarmada le tapaba los oídos a su hijo, para que su infancia no viera interrumpida por la violenciade aquel lenguaje.

Tal vez era el único, quizá no, que encontraba en el florido discurso de aquella muchacha en el Metrobús un espectáculo erótico. Aquellos “pinches”, “pendejos”, “chingada” que brotaban de sus labios igual que alimañas cuando levantas una piedra en medio de un picnic, resonaban musicalmente en mis oídos con la agresividad de un heavy metal pero a la vez con la dulzura de un vals de XV años. Las palabrotas en realidad no son tan grandes. Algunas como “pinche” o “verga” se forman apenas de un par de sílabas. Otras como “madre” tienen que venir acompañadas por una complementaria para que adquiera carácter altisonante: “vale madre” o “a la madre”.

Las palabrotas son de todos y de nadie. Nadie las inventó, pero cualquiera puede hacerlas suyas. Aunque haya quienes quisieran erradicarlas de la faz de la tierra, su uso se transmite de generación en generación y hasta los más conservadores suelen repetirlas dentro de su cabeza a la primera de cambios. He presenciado como las bocas más recatadas mientan madres a voz en cuello al primer golpe con la cama que se dan en la espinilla. Las palabrotas tienen un efecto liberador en quien las conjura.

Dice Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “Las malas palabras hierven en nuestro interior, como hierven nuestros sentimientos”. Y Margarita Espinosa Meneses, catedrática del Tec de Monterrey, concluye en su artículo Algo sobre la historia de las palabrotas: “Las groserías son palabras con una carga semántica única, por lo que no pueden ser reemplazadas por otras”.

Yo añadiría que las palabrotas son pequeñas bombas de cachondez. ¿Existe un camino más corto a ponerse bien horny que la de una boca femenina llamando a las cosas por su nombre más prosaico cuando te acompaña a un hotel? A mí, que me digan “cógeme” me la pone mucho más de mármol que un endulzado y snobista “fuck me”. Y ahí estaba yo, apretujado en aquella masa de cuerpos escuchando a mis espaldas a la chica del metrobús, escupiendo lombrices, arañas y chinches por la boca, transfigurada en la versión femenina del Gran Polo Polo, opacando los sudores masculinos (porque no quiso subir al carro exclusivo de mujeres) con la exquisitez de su perfume de té de manzanilla. Alcancé a verla de reojo y advertí que era muy hermosa, morena color canela con la nariz respingada y la boca lo suficientemente elástica para deletrear con los labios cada chingada, pendejo y mamada que salía de ellos.

-Hazte para acá, cabrona, te van a partir tu madre- le advirtió la chica a su amiga, que hasta entonces era invisible para mí.

Cuando me bajé yo también sudaba como los otros varones que la rodeábamos sin tocarla, porque a una Diosa Malhablada se le rinde tributo pero no se le violenta. Excitado y a la vez profundamente rendido ante el enamoramiento de 15 minutos que suele asaltar a los usuarios del transporte público que nunca en la vida volverán a verse, descendí en mi estación con una canción de Poison resonando en la mollera:

And baby… talk dirty to me.