RHCP: NO CALIFORNICARÁS EL NOMBRE DE DIOS EN VANO

Como en un epílogo involuntario al trago amargo que este país se vio obligado a dar, Anthony Kiedis dice al micrófono: “La destrucción nos conduce a un camino muy accidentado, pero también engendra la creación. Y los terremotos son para la guitarra de una chica sólo otra buena vibración”.

Por Arturo J. Flores

Fotografías de Fernando Aceves / Cortesía de Ocesa

Cortesía OCESA

Es el momento climático del primero de los dos conciertos de Red Hot Chili Peppers en México. La banda interpreta “Californication” y los presentes nos desgañitamos junto con ellos. Y en los coros logramos opacar el bajo de Flea, que a sus 54 años todavía salta como un niño juguetón por todo el escenario del Palacio de los Deportes. A veces también extinguimos la batería de Chad Smith, vestido rigurosamente de pimiento caliente y picoso, en color rojo. Y qué decir de la guitarra del más joven de los músicos, Josh Klinghoffer. El mismo que se contorsiona igual que una marioneta, haciéndonos pensar que en algún momento se romperá una articulación.

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Cantando se alegran los corazones

A veces uno no se explica cómo con la indiscutible capacidad de organización que los mexicanos tenemos, sigamos teniendo esta pobre estatura de gobernantes. A la misma velocidad con que podemos sobrepoblar una glorieta para celebrar un gol o un Oscar, comenzamos a cantar “Cielito lindo” en las gradas del Palacio de los Deportes. Justo mientras los Peppers toman un respiro en los vestidores después de haber interpretado 16 canciones y cuando faltan 2 más en el carrusel de su revólver.

De su espectáculo hay poco qué decir. Los californianos no suelen desplegar grandes producciones porque además, sus conciertos no pasan de la hora y media de duración. Sin embargo, esta vez un complejo sistema de iluminación compuesto de pequeñas unidades que subían, bajaban y formaban figuras, como si se tratara de un enjambre de luciérnagas robóticas, se erige como el protagonista de las fotografías.

A veces, los focos se despliegan en forma de una lengua luminosa que ondula encima de la gente de la pista. Otras, se organizan en un círculo giratorio o descienden como cirios electrónicos sobre las cabezas de Flea y Josh, en medio de alguno de los múltiples jams de improvisación que realizan antes de las canciones.

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El grupo, desde su despegue comercial en los años 90, nunca ha escatimado energía en sus presentaciones. La gente funciona como un espejo cósmico que les devuelve las vibraciones en forma de saltos, gritos y empujones. “Around The World” con la que el cuarteto inaugura la noche, y “Snow (Hey, Ho)”, demuestran que sólo uno que otro espectador arrogante, echa de menos las pulsaciones de John Frusciante. Klinghoffer se rehúsa a ser una calca de su antecesor e imprime mucho mayor distorsión a sus participaciones en temas como “Scar Tissue”. Sin embargo, la mayoría prefiere sólo cantar antes que reprochárselo.

El inventario de canciones se decanta bastante hacia “The Gateaway”, el álbum que Red Hot Chili Peppers lanzó el año pasado. A estas alturas, Spotify y YouTube han hecho lo suyo y “Dark Necessities” puede ser considerado un nuevo clásico. Ya se corea con la familiaridad de otros hijos creativos del grupo que podrían ser considerados de rigor. No así súper funk “Go Robot”, que sin embargo es salvado por el hipnotizante baile de luces.

The city she loves me

Pero la vieja escuela Pepper recibió sus apapachos con el cover a Steve Wonder “Higher Ground”, que el grupo viene tocando en este gira y que grabara en el lejano “Mother’s Milk”, de 1989, y “Blood Sugar Sex Magik”, el álbum que por poco causa la desintegración del grupo. Otra descarga de energía y nostalgia vino con la interpretación de “Under the bridge”. La letra, inspirada en un poema que Kiedis escribió en sus más oscuros días de adicto, incluye una frase que también resonó en los corazones de quienes unas semanas antes nos enfrentamos al resquebrajamiento de nuestra seguridad: “Al final tengo su amor, la ciudad me ama, tan solitaria como yo, juntos hemos de llorar”.

Esto tomó mucho más sentido cuando las pantallas gigantes proyectaron, mientras los músicos se refrescaban en el camerino, imágenes de los rescatistas, humanos y caninos, que hicieron realidad lo que una ruina caterva de políticos que se refugió en su miseria humana, se rehusó a llevar a cabo. La salvación.

Si bien el nivel de su picor ha descendido con los años y el filo de su música ha dado pie al refinamiento, los Red Hot Chili Peppers volvieron a brindar una noche memorable a la Ciudad de México. La primera de dos. Ojalá no la última.