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domingo, 23 de abril de 2017

MI GRAN EXPERIENCIA EN CHINA

China: Un par de semanas, dos sofás y dos tablas de madera. Poco descanso y muchas experiencias.

 

 

 

Quiero compartir esta aventura única, increíble y que permanecerá por siempre en mi memoria.  Algo que estoy aprendiendo, es a no dar nada por hecho. Permíteme darte una pequeña explicación sobre qué es esto de surfear sofás. Si ya lo sabes, ignóralo.

Couchsurfing.com es la, ya casi mítica, red social mediante la cual los viajeros tienen la oportunidad de obtener alojamiento gratis y los anfitriones locales de enriquecerse de las experiencias de los viajeros. Uno de esos proyectos para tener un mundo mejor con sus pros y contras, pero que a mí, personalmente, me ha dado algunas de las más gratas experiencias como viajero.

 

Primer destino: Shanghai

 

Paseando por Shanghai, unas horas después de llegar.

Mi primera experiencia China no fue muy positiva… O sí, como todo en esta vida. Mi anfitrión, un chico de Estados Unidos con el que había contactado antes de emprender mi viaje, fue por WhatsApp, un tipo discreto pero simpático. Lo normal, el viajero es siempre el más emocionado.

Es difícil ser ciudadano extranjero en una urbe como la de Shanghai, especialmente si eres norteamericano. Creo que si ellos tienen un área de mejora es aprender a entender mejor el mundo y China no es el mejor lugar para empezar.

En el Couchsurfing hay una regla no escrita fundamental: El respeto. A fin de cuentas estás yendo a casas de personas, lo cual no es fácil para ninguna de las dos partes, pero evidentemente menos para el anfitrión. Es por ello que yo trato de adaptarme a todas las normas que ellos indiquen.

Es un poco incómodo estar en un lugar alejado del centro al que no se puede entrar (él trabajaba todo el día y no me dejaba llaves), especialmente tras un jet-lag de proporciones épicas (40 horas de viaje). Él era novato en esto de ser anfitrión y se notaba que le ponía nervioso tener un extraño en casa (Comprensible).

Ambos aprendimos a ser más tolerantes y respetuosos y pese a que no hubo ese entendimiento, ese feeling, nos pusimos de acuerdo para las cosas básicas y charlamos de política, deportes y, por supuesto, sobre China. Pero yo en particular aprendí una cosa mucho más importante: si quieres conocer China, conoce chinos.

 

Segundo destino: Hangzhou

Hangzhou, orgullosa cumbre del G20, es una mezcla de modernidad y tradición china.

 

No fue en Hangzhou donde conocí a mi anfitrión, sino en el propio Shanghai. Chen tenía una comida con amigos allí y aprovechamos para irnos juntos en uno de los trenes de alta velocidad que unen ambas ciudades. Ya nos habíamos caído realmente bien por mensajes y habíamos hablado, sobre todo, de su súper afición por las bicicletas.

Nos vimos en una estación de metro abarrotada y yo lo seguía como podía, con mi mochila en la espalda y mi cara de despistado. Parecía que se le escapaba la vida por llegar a los lugares. Entre una conversación casual, con esos momentos que se sitúan entre lo cortés y lo incómodo. Es una cuestión de tanteo cultural, eso también lo aprendí.

Es importante indicar que Chen declina la mayoría de las solicitudes de alojamiento. Y lo hace porque en esto del Couchsurfing hay mucha gente que tan sólo busca un hostel gratis y, ni siquiera, lee los perfiles. Él me agradeció mucho cómo le había abordado, explicando quién era, por qué estaba en china y qué me inquietaba.

Cuando llegamos a Hangzhou me preguntó si tenía hambre. Tomamos el metro y fuimos a un sitio en el que jamás podría haber pedido nada y él me asesoró. Comí delicioso por un dólar (arroz jazmín con tubérculo de loto y verduras al vapor).

Corriendo volvimos hacia su casa. Un poco más tarde llegamos, me indicó lo básico y me dió unas llaves. «Feel at home and do not loose your passport!!» (¡Siéntete en casa y no pierdas tu pasaporte!). Su anterior huésped, una chica francesa, había perdido estando en su casa el pasaporte. Según me contó, el lío con la policía china y el consulado debió ser mayúsculo.

Un poco más tarde, le hice la pregunta obvia: ¿Por qué haces esto? Me respondió de manera cortante, era como si sintiera que la respuesta era evidente. Si quieres recibir, tienes que dar. Es así de sencillo.

Chen es una persona especial. Él no me lo ha dicho, yo no le he preguntado, pero una de sus dos piernas es una prótesis. Parece un handicap para una vida normal, pero Chen está planeando la vuelta al mundo en bicicleta. Orgulloso me mostró las fotos de su entrenamiento en Oceanía. Varios meses recorriendo Australia y Nueva Zelanda. ¡Asombroso!

 

La vida del nómada ciclista no es sencilla…

 

Me describió cómo conseguir una bicicleta gratuita en la ciudad (sin duda la mejor manera de descubrir los escondites fascinantes de Hangzhou).

Me corrigió un par de veces a algunos comentarios, indicándome que los chinos no están interesados en absoluto por la política (vamos, que no pueden) y se rió cuándo le iba comentando que me encantaba la ciudad. “Como todos los que vienen por 3 o 4 días, dijo mientras se reía. “La vida real aquí es otra, dijo con cierto enfado.

No puedo estar más agradecido a Chen, a su hospitalidad, consejos y a su energía, de esas que contagian, pero sin duda me quedo con algo, una de esas frases que no se olvidan:

Permítete escribir un libro, permítete cumplir tus sueños.

 

Tercer destino: Suzhou

Uno de los jardines alrededor de los innumerables canales de Suzhou, la Venecia china.

 

Creo que jamás he visto tanta gente junta como en las estaciones de trenes chinas. En la de Hangzhou, ni una sola de las infinitas almas era capaz de entender mi solicitud de ayuda. El tren que iba a tomar a Suzhou no aparecía en pantallas y yo temía haberme ido a la estación equivocada (hay dos en la ciudad). Finalmente apareció el tren que llevaría a Suzhou a este chico asustado.

Aproveché el tren que me conectaba entre ambas ciudades para leer un poco de mi siguiente destino, del que no sabía prácticamente nada. Tenía tanto frío que lo único que deseaba es que mi anfitrión tuviera calefacción, cosa prácticamente inexistente en China. Soy un ser friolento que, siendo honesto, no se había preparado bien para esas latitudes.

Víctor (nombre occidental que se pone mi anfitrión) me contestaba amable a mis interminables cuestiones por WhatsApp, pues era incapaz de encontrar su casa. Finalmente le dije que le esperaba en el metro. No podía estar más sorprendido (positivamente) con lo que iba a suceder. Cuando llegó le propuse cenar algo.

Me dijo que no podía, que iba a cenar con sus padres, cosa que hacía una vez por semana. Le dije que iba a cenar algo y le esperaba. Su respuesta precisa no la recuerdo, pero fue algo así como “de ninguna manera, hace frío, vamos a casa, te he comprado algo de fruta y una comida típica. Así te puedes pegar una ducha y relajarte con la calefacción. Sólo espero que no te moleste, pero tengo un gato. Es negro y estúpido.

Uno se siente abrumado ante tal generosidad. Se cruza media ciudad para abrirme las puertas de su casa, dejarme la llave y proveerme del máximo confort. Uno da trescientas veces las gracias y siente que no es suficiente. China es una sorpresa constante.

A la mañana siguiente madrugué para charlar un rato con Víctor. Me explicó cómo llegar en autobús al centro y me prestó un abrigo (sin el cual no habría disfrutado de la visita). Me escribió en chino tres o cuatro frases para que las pudiera usar en caso de necesidad: ¿Dónde está el metro más cercano?, quiero comida sin carne, ¿me puede escribir el precio? y alguna más.

 

El gran Víctor

 

Suzhou fue lo que más me gustó de mis primeros días en China, además del súper anfitrión Víctor, la ciudad es simplemente fascinante. Canales con góndolas, jardines milenarios, pagodas y una gastronomía curiosa y económica. Volver a casa (así me sentía) cada noche era una recompensa a un día de interminables caminatas. Incluso alargué mi estancia respecto a lo inicialmente previsto.

El día que había que marchar, Víctor y yo nos despedimos con un fuerte abrazo en la mañana. Me pidió que, por favor, le mantuviera informado de mi viaje, de mis andanzas, de mis sueños. Me dijo que le había llenado de ilusión escuchar mi optimismo hacia la vida. Para poner broche final me dijo que no cargara con mi mochila, que me llevara la llave y se la colgara después por la ventana. Así podía pasear ligero mi último día en Suzhou. Que por cierto, fue el más mágico de todos. Ya les contaré lo que me sucedió en el recóndito templo budista.

 

Cuarto destino: Shanghai, segunda parte

 

¿Casualidad? ¿Destino? Irrelevante. Lo cierto es que el viaje iba de bueno a inmejorable. El día antes de partir de Suzhou decidí buscar nuevo anfitrión para mi última parada previa a Camboya. Esa parada no era nueva, pero Shanghai es tan asombrosa que puedes ir 20 veces y es como visitar 20 ciudades, y así fue. No entiendo bien el porqué, pero había un perfil que decía que no aceptaba solicitudes de menos de una semana. Pues ahí fui yo, con una seguridad pasmosa a explicarle por qué me gustaría ser su huésped. Era un perfil en perfecto inglés, de una persona que se notaba que tenía mundo y con quien estaba casi seguro, podía compartir unas cervezas.

Harry, claro exponente de la Nueva China. Liberal, curioso, culto y consciente de vivir en un país que nos cuesta entender. Creo que eso le impulsó a aceptarme. Entendió, como buen viajero, que podía estar pasando momentos complejos en esa maraña inteligible llamada China. Me pidió que llevara mi saco de dormir, fue su única solicitud ante mi requerimiento express. Como otros anfitriones, quedó conmigo en el metro, casi sin tiempo para dejar mi mochila en su casa nos fuimos a cenar. Él eligió lugar y platos. Sin duda, la mejor comida que había probado en mis días en China. Un montón de platos con pequeñas delicias tradicionales con un toque modernista.

A Harry no sólo le gusta comer bien, es un amante de los cócteles. Uno de esos artistas de refinados gustos que sabe distinguir las sutilezas de los olores y los sabores en una bebida. Él no es (sólo) un bebedor, le encanta todo lo que rodea al cóctel, desde la historia de sus materias primas hasta su presentación. Me deleitó con 3 en su casa, mientras hablábamos de lo humano, lo divino y lo mundano.

Harry es un tipo culto, generoso y educado.

Descansar en su casa era una delicia. Un pequeño apartamento decorado con mucho cariño, calefacción y perfectamente ubicado para continuar con mis idas y venidas por la ciudad. Seguí sus consejos de visitar varios lugares que no aparecen en ninguna guía. De lo mejor, por supuesto.

Compartí mesa un par de veces más con Harry, me enseñó la Universidad de Shanghai, su campus histórico e hizo que me fuese completamente deseoso de pisar China de nuevo lo antes posible. Un abrazo nos despidió y me llevé un amigo en la mochila. Xie xie, Harry.

En definitiva, una experiencia única, un aprendizaje inolvidable y una manera de conocer China más profunda, diferente y, por qué no, mucho más enriquecedora.

INSTAGRAM: @asiallavoy

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